AUDAZ

Joven mesera, no aguantó. “Tengo hambre”, dijo al comensal. ¡Cómo! ¿Acaso no te dan alimentos aquí? No, y mi dinero no alcanza. La invitó a departir. Dejó el delantal, sentóse y comió. El dueño, escandalizado, la corrió. El cliente, pagó, y no supo más de él.

-José Alfredo Torres-

RETORNO

La alegría le llegó cuando se enamoró del cliente. Renunció; todos la estimábamos. Volví a encontrarla, recontratada. “Viví el paraíso 2 meses” ¿Pero, y entonces?, inquirí. “Regresé para no morir de soledad, de tristeza… el virus se lo llevó”.

-José Alfredo Torres-

CENTRO DE RECLUSIÓN

“Estás infectada”; el médico del dispensario, muy alarmado, dio aviso. A Marina, la más alegre, la confinaron en una pocilga. “Le pasará pronto”, adujo el doctor.
-¡Es la epidemia. Llévenla al hospital! -defendían las reclusas.
No es necesario -juzgó el Director. Al tercer día, falleció. Años que no recibía visitas. Nadie reclamó el cuerpo. Les dije que no era necesario -volvió a la carga el Director-, el asunto era acabar con el punto de infección, nada más.

-José Alfredo Torres-